miércoles, 26 de junio de 2013

Las desventajas de viajar en buseta. Ahora con más flow.

Transporte de servicio público. Bus, buseta, colectivo, artefacto que gracias a la Ley de Murphy pasa por donde necesita usted que pase y vacío cuando apenas está encendiendo su cigarrillo, y gracias a la misma ley NO pasa por donde necesita usted que pase pero si pasan muchos que le pueden llevar a lugares donde en ese preciso momento NO necesita ir. Llámelo como guste pero lo quiera o no, hace parte de su vida cotidiana, y desafortunadamente no todo es miel sobre hojuelas en esta relación.


¡Esto es idiosincracia!

Lo que me lleva a escribir sobre esto es una anécdota que me ocurrió hoy. Salía de trabajar a las 8 p.m. y esperé durante largo rato una buseta que me trajera a casa. Pensé en aplicar el primer punto de la Ley de Murphy que mencioné anteriormente pero no lo hice. Llegó un colectivo negro, hasta las narices, preferí esperar al siguiente a ver si al menos podía subirme en él. Llegó, y me trepé como pude por la puerta de adelante. Craso error. Ni siquiera pasé de la registradora, la puerta estaba abierta y como pude tuve que agarrarme de la baranda. Casi me muero del susto. 

Ahora, no piense que soy estrato 20 y montar en bus es un hecho aislado para mí, au contraire, cosas como esta me pasan todos los días. Por eso, y a manera de desahogo, he decidido regalarle mi top 6 de desventajas de viajar en buseta. Claro, con sus respectivas soluciones, para que después no diga que uno solo critica pero no aporta nada.

6. Las ventas de buseta.

Se sube uno al bus, y si hay suficiente suerte se sienta cómodamente. Entonces, este escenario tiene lugar: se sube un personaje peculiar al carro, bastante entrador, sabe que para hacer lo que viene a hacer se necesita tener las pelotas/los ovarios bien puestas/os en su lugar. Empieza su discurso de la siguiente manera: "buenas tardes, queridos pasajeros, en esta oportunidad les vengo ofreciendo este rico y delicioso cianuro por el costo y valor de tan sólo 200 pesos; para su mayor economía, puede llevar dos por 400 o los tres por solo 600; agradezco a la persona de buen corazón que desee colaborarme con mi forma de trabajo, les recuerdo no arrojar la envoltura dentro del vehículo y que Dios los bendiga". Este discurso en medio de todas sus variantes es más o menos lo mismo, y en todas las ocasiones el vendedor de buseta se valdrá de recursos cutres como apelar a su buena voluntad con cara de ternero a medio morir y nombrando a Dios en cuatro de cinco palabras. Ahora, eso no es una desventaja per se, uno se encuentra cosas interesantes en el trayecto. Esto se convierte en desventaja cuando se suben tres, cuatro, cinco, seis vendedores en el mismo recorrido, y usted por respeto se quita los audífonos, recibe el producto y a regañadientes escucha la perorata que ya se sabe de memoria.

Debo decir que esto es tanto culpa del conductor de la buseta (que deja subir a todo el que le de la gana como si fuese fiesta patronal) como de la economía capitalina. A ver, si usted sabe que vendiendo (cantando o peor aun, mendigando) en los buses va a ganar más del salario mínimo, ¿va a preferir matarse ocho horas diarias por un sueldo mediocre o va a rebuscársela como sea? No seamos tan pendejos.

La solución: Tomarlo con calma. Si no le llaman la atención el chiclecito o la gomita, hágase el pendejo; escuche el discurso, reciba la mercancía pero devuélvala sin decir más. Y si le parece interesante lo que ofrece el vendedor y sus gastos semanales le permiten darse el "gustico", hágale, cómprele algo. Eso si, detalle muy bien la calidad del producto, no vaya a ser que compre una chocolatina vencida que lo ponga a trinar parejo en el baño o un esfero chimbo que lo ponga a madrear parejo. Y por favor, como dicen ellos, no bote el papel dentro del bus, así ya sea una porquería, no sea cerdo. 

5. La música.

Para nadie es un secreto que los conductores de buseta (a los que a partir de ahora y porque me da la gana llamaremos buseteros) no se caracterizan precisamente por su buen gusto a la hora de elegir la música que plácidamente nos acompañará en nuestro trayecto. Salvo casos muy escasos, el busetero elegirá las piezas más selectas de la colección de Candela Stereo, Tropicana, Radio Uno (¡pitico de porquería!), Oxígeno y otras emisoras basura. No se sorprenda al subirse al colectivo cuando escuche una disonancia a todo taco que incluye finísimos géneros musicales como el reggaetón, las rancheras, los corridos prohibidos, el vallenato, entre otros. Y en las ocasiones en las que el busetero sea rockero o le guste otro tipo de música, la escuchará en un volumen tan bajo que se confundirá con el ruido del motor, así que no servirá de mucho. Hay ocasiones en las que el viaje incluye música en vivo, proporcionada por diversos artistas urbanos... no, no estoy hablando de J Balvin (¡Dios nos ampare y nos favorezca!), sino de quienes se ganan la vida cantando (o intentando hacerlo) en el transporte público. Cuando son muy buenos no hay ningún problema, pero cuando canta más Juana en la ducha que ellos sería preferible que se le reventaran los tímpanos a uno.

La solución: Sencilla. Si le gusta la música de la buseta gócesela, está en su salsa, pero si no lleve siempre con usted un aparato que reproduzca música, desde un walkman hasta un Ipod son válidos. Solo le ruego, le imploro que use audífonos.

4. Los trancones.

No hay nada que le quite a uno más la media sonrisa en la mañana después de medio dormir que un trancón el verraco cuando usted tiene afán de llegar. No se confíe, también sucede en la noche cuando usted lo único que desea es llegar a su casa a dormir. A uno le dan ganas de volverse Bruce Almighty y abrirse paso en la avenida, y que el busetero en cuestión coopere y no vaya a dos por hora, ¡dígame si no! Pero en este caso hay que darle crédito al humilde busetero, no es su culpa, Bogotá es así.


La solución: Previsión. Si usted sabe que debe llegar a cierta hora a su destino salga con suficiente tiempo de su casa o váyase en Transmilenio, así se evita el trancón y el busetero se evita la tracamandada de madrazos mentales que seguramente usted profiere en esas interminables dos horas. Y bien, en la noche si tiene mucho afán váyase en Transmilenio (de pie, por supuesto) o si no lo tiene trate de agarrar silla en la buseta y duerma dos horitas, eso sí, pilas con sus cosas y con usted mismo. 

3. La sensación de estar viajando en una lata de sardinas.

Me atrevo a asegurar que es usted de los que viaja en hora pico en el bus, y por supuesto este siempre va hasta las orejas. Es común que en Transmilenio se forme la de Troya por agarrar un puesto o al menos por poder subir al articulado, pero esto es algo que el conductor no controla, cosa que si puede hacer el busetero. Un busetero que por su estúpida guerra del centavo deja que su vehículo se llene hasta el techo y por eso ponga en riesgo la vida de los pasajeros merece la horca. He visto infinidad de accidentes que ocurren por su imprudencia al no vigilar que el cupo de viajeros (si, transitar Bogotá es todo un viaje) no se extralimite a la capacidad del bus.

La solución: Paciencia. También por esto es importante que usted cuente con suficiente tiempo al desplazarse de un lugar a otro, para que pueda darse el lujo de esperar a que el siguiente bus esté lo suficientemente vacío como para que se pueda subir y contar con el mínimo espacio vital. Si ya está metido en la pelotera le reitero la importancia de cuidar sus cosas y si es claustrofóbico (como una amiga mía) respire profundo y cuente hasta 1000. Ah, y otra cosa, trate de subirse por la puerta de atrás y si es muy rabón no pague el pasaje, uno cancela con gusto un servicio prestado con dignidad (no es cierto, pague, al menos lo están llevando a su destino, no sea ladrón).

2. La inseguridad.

Aquí me permito citar lo que le pasó a un amigo mío cuando salía de la universidad para su casa. Resulta que un personaje iba muy contento chateando con su BlackBerry en el bus, cuando una mujer trancó la puerta de atrás y se subió un tipo con cara de pocos amigos y le quitó el celular a nuestro personaje amenazándolo con un cuchillo curvo. Mi amigo inmediatamente se quitó inmediatamente sus audífonos y los guardó disimuladamente en su chaqueta, pensando que el ladrón intentaría robarlo también. No pasó, la rata iba a lo que iba, por el celular del pelotudo aquel. Lo más terrible del asunto es que esa misma rata trató de atracarme dos horas antes del incidente con mi amigo, pero por cosas del destino (o porque me le paré bien firme) ni siquiera se me acercó. ¿Cómo la ve?

La zozobra en la que puede convertirse un viaje en bus no solo se remonta a la posibilidad de que se suban un par de ratas armadas a atracar a los pasajeros, sino a la impotencia que causa una modalidad conocida como el cosquilleo, cosa que sucede muy fácil gracias al punto 3 de esta discusión. Le sacaron sus cosas y usted ni cuenta se dio, y ni modo de hacer nada porque usted no supo quién carajos lo hizo. No crea que por viajar en Transmilenio usted se salva de esto, ni mucho menos de lo siguiente: se hace a su lado alguien, y empieza disimuladamente a manosearlo, nada lindo, nada aconsejable para la integridad física y mental.

La solución: Si se suben las ratas a robar, no les demuestre miedo, de eso se alimentan, hágase el pendejo así se esté orinando en los calzones del susto. Otra vez, no exhiba en el bus sus aparatos electrónicos como pan de 1000, muchas veces las ratas saben perfectamente a quien atacan y con quien ni se molestan. Tenga mucho cuidado con sus cosas, si sabe que el bus va a estar lleno guárdelas muy bien, si no le produce mucha molestia en su entrepierna (no, mentiras). Y si alguien osa tocar sus partes nobles con toda intención, dígale con serenidad que tenga más cuidado de no rozarlo, y si no entiende, dele una buena bofetada.

1. El busetero que no sabe manejar.

Que Dios nos agarre confesados al encontrarnos con un personaje así. En nuestra querida Bogotá es muy común toparse con buseteros que pareciera que hubiesen encontrado su licencia de conducción en una lechona, en un tamal, o en una piñata. El problema no es que adolezcan de la técnica para pilotear, sino que lo hacen mal porque carecen del mínimo civismo y respeto por el otro, mejor dicho, conocen las reglas como profesionales pero las rompen como artistas. ¿El motivo? asegurar su sueldo, ganar más dinero a costa de muchas veces la vida de los pasajeros. Adelantan carros como bestias, van a 100 por hora, frenan durísimo y así el pasajero se da en la jeta, se quedan detenidos en las avenidas esperando a quienes les informan las rutas generando trancones, paran en la mitad de la vía a dejar pasajeros, en fin... Ejemplo práctico: usted quiere bajarse del bus, pero se puede quedar 10 minutos tocando el timbre y como don busetero va a toda velocidad no para y cuando lo hace frena como animal, entonces usted se baja encolerizado no sin antes decirle la famosa frase: "¿me va a llevar hasta su casa?". 

De todas las conductas indebidas del busetero hay una que no puedo soportar, y ni siquiera la tolero en un taxista que conduce a las 3 a.m. y tiene la ciudad para él solo: que se pasen los semáforos en rojo. 

Por culpa de un maldito busetero imprudente que lo hizo mi hermano murió atropellado.

La solución: La doy a riesgo de que sea considerada un pajazo mental. Denuncie. En todos los vehículos de servicio público hay un número al que usted se puede comunicar si le parece que el comportamiento del conductor no es el adecuado para su seguridad, dé el número de placa y la hora en que abordó el carro. Hágalo, su vida puede correr riesgo.

Agradezco a quien se haya tomado el trabajo de leer semejante mamotreto, y agradezco también a quien quiera comentar sus experiencias en el transporte público. Si se me quedó algo en el tintero, hágamelo saber, por favor.   

sábado, 4 de mayo de 2013

Ven, ganza.

"Revenge is a dish best served cold". Kill Bill.

¿Quiere vengarse de alguien originalmente pero no tiene la menor idea de cómo hacerlo? Fresco/a, su blog favorito (ya quisiera yo...) le tiene la solución. 

Hagamos primero un ejercicio mental. Piense en una persona que le hizo algo horrible, algo que a usted le dolió en el alma, que casi acaba por aniquilarlo. Si pasó hace mucho tiempo o fue algo reciente es lo de menos, lo importante es que en usted esté el deseo de desquitarse, de hacerle pagar todo lo que le hizo, que sienta en carne propia todo lo que usted sintió (o siente). Si ese es su caso, este post es para usted.

Guía práctica para vengarse de alguien y no morir en el intento.

Sinceramente, consulté todas las fuentes habidas y por haber en busca de ideas prácticas para vengarse de alguien. Pero internet, Cosmopolitan, y revistas del estilo solo me mostraban clichés (y si algo odiamos en este blog son precisamente los clichés), así que por ahora y a falta de mayor inspiración le dejaré las siguientes consideraciones. Piénselo.

Quisiera decirle algo desde mi experiencia personal. La peor venganza contra alguien que le ha hecho mal es que esa persona se de cuenta que el daño que le provocó no lo/a mató, que lo que le hizo no fue suficiente para acabar con usted, porque usted seguirá viviendo su vida como si nada hubiese pasado.  Así que si se encuentra con ese personaje en cualquier esquina mal parqueado, ponga su mejor sonrisa y salúdelo como si nada, pregúntele por la mamá, por el papá, por los hermanos, por los abuelitos, hasta por el perro, verá como lo saca de sus casillas; acto seguido invéntese alguna excusa estúpida y huya en el acto, no vaya a ser que al personaje le de por invitarle a "tomarse un cafecito" y usted termine estrangulándolo y se tire toda la actuación anterior...

Ahora, recuerde al reconocido filósofo Don Ramón cuando decía que "la venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena". Porque si, puede que eso le haga sentir muy bien, pero no pasará de ser un placebo, no va a cambiar ni una coma del pasado. Entonces lo más recomendable es que aprenda a perdonar (así sea imperdonable) y deje de perder su valioso tiempo en pendejadas vengativas y rencores que solo le hacen daño a usted. Primero, porque no lo vale, créame, y segundo, porque no hay nada más patético que rumiar la rabia solo como un hongo mientras el individuo en cuestión sigue con su vida toteado de la risa. De nada.

Aclaración: el error ortográfico en el título del post es totalmente intencional, ahora no es que me vapulee.

sábado, 2 de marzo de 2013

Mario Mendoza o La importancia de llegar a tiempo.

Ese día me había ido a la casa temprano porque supuestamente no tenía clase en la tarde. Me arreglé como si fuera a encontrarme con alguien muy importante, de hecho iba a hacerlo. Esa noche iba a conocer a uno de mis tres escritores colombianos favoritos, y eso era todo un acontecimiento teniendo en cuenta que jamás conoceré a Andrés Caicedo (porque "afortunadamente" se suicidó) y probablemente no conozca a Fernando Vallejo en mucho tiempo (porque odia este país tanto como yo y muy seguramente no vuelva en un buen rato), así que tener frente a frente a Mario Mendoza tenía bastante peso, y lo sigue teniendo.

Estúpidamente, me fui por la 30 pensando que tenía el suficiente tiempo para llegar al auditorio (había salido de mi casa a las 5:30), y por el estúpido miedo que me da caminar sola por el centro de noche decidí coger el alimentador que me dejaba al frente de la universidad. Craso error. Terminé llegando a las 7:00 cuando la cita era a las 6:30, por tanto casi no me dejan entrar a la conferencia y me perdí más de la mitad. Y el motivo de no dejarnos ingresar no era la hora propiamente, sino que el auditorio ya estaba a reventar (claro, a la voz de firma de libros gratis). Finalmente entré.

El tipo hizo un recorrido bastante extenso por todo su libro, cuya mitad me perdí por los motivos explicados anteriormente. No voy a hacer de "spoiler" y contarles de qué se trató la charla para que les de envidia y ganas de leerse el cuento, mejor dicho, los cuentos. De lo que si voy a hablar es de lo que sucedió después, de la firma de libros. 

Era una fila larguísima, pero carajo, tan merecida que la hice sin chistar como suelo. Y lo que me pareció curioso fue que cuando llegué el pisco miró mi copia de Satanás como con mucho cariño. Fue bonito, he estado obsesionada con esa obra desde hace ocho años, cuando una noche en casa de mi mejor amiga me prestó la copia de su hermano y la devoré enseguida, me absorbió como muy pocos libros lo han hecho y lo terminé en dos horas (aunque la película me pareció pésima y así se lo dije a Mendoza... nunca hay que juzgar un libro por su película). Ahora, mis copias de Scorpio City y La Importancia de Morir a Tiempo no fueron tan apreciadas, lo noté en la manera de verlas y firmarlas. Es que se nota la diferencia entre un libro que ha esperado durante ocho años ser firmado por su autor y un libro que huele a nuevo, recién comprado para la ocasión...

Pero ya no lo están. Leí Scorpio City mientras esperaba el avión a Cúcuta, mientras esperaba que me recogieran allá y en las primeras noches acá. Lo disfruté mucho. Así es que me gustan las novelas policiacas, crudas, con altas dosis de realismo... Y mucho después de esa conferencia leí el mentado libro que se estaba promocionando, La Importancia de Morir a Tiempo. Me pareció muy interesante la manera en la que fue concebido, como una colcha de retazos. Fue un goce leerlo, lo terminé en tres noches de a raticos. Eso es lo bueno de estar en un cuarto donde no hay televisión ni internet, que la soledad te hace desear leer y escribir. Y mientras lo estuve leyendo, se me vino una idea loca a la cabeza: hacer mi propia versión del libro, reescribir los relatos, meterle una parte de mi a esas historias, responder algunos interrogantes planteados ahí, incluso dibujar si el caso lo requiere (si me inspiro lo suficiente). No es que vaya a plagiar el libro, claro que no, voy a referenciarme a partir de su libro y hacer mis propias averiguaciones. Claro, de muchas historias que se encuentran en el libro solo tengo la versión de Mendoza (y a pesar de admirar al hombre y estar de acuerdo con muchos de sus postulados eso no me es suficiente para emitir mis propios argumentos); me faltan datos, pero para eso está internet. No, la idea no es publicar nada (aunque si algún fragmento es digno de ser mostrado tal vez lo haga por acá como quien no quiere la cosa), sino registrar mis aportes a la causa en el mismo libro, pegándole hojitas. Seguramente al final quedará un desorden descomunal, y parecerá una colcha de retazos peor que al principio. Es la idea.




domingo, 24 de febrero de 2013

Auto-exilio.

Hace dos semanas estoy cumpliendo con un exilio que yo misma me impuse. Me quedé sin trabajo,  sin hermanos, sin novio y sin universidad. Al ver que la mayoría de cosas que en algún momento significaron algo para mi ya no existían más en mi vida, me vi en la necesidad de irme muy lejos, de alejarme, a ver si haciéndolo dejaba de sentir dolor. No sé si fui cobarde, tal vez lo haya sido, pero seguramente estando allá se me irían los días durmiendo y viendo series por internet, y eso no podía permitírmelo más; allá solo se perpetuarían la tristeza y la impotencia para cambiar las cosas, allá me estaría pudriendo.

Entonces si, un día decidí empacar mis maletas y largarme. Me monté en un avión (no lo había hecho antes, bueno si, pero tenía tres años y no lo recuerdo así que no cuenta) y emprendí un viaje bastante largo que me condujo hasta aquí, a San Carlos, en la República Bolivariana de Venezuela. Si, señoras y señores, estoy en la tierra del "socialismo", de las arepas y de Chávez. Lo mejor del caso, es que apenas llegué fuimos a la costa y conocí el mar por fin después de 24 años, me sentí asquerosamente feliz. 

Después les cuento el resto.



"En el mar, la vida es más sabrosa" ♫

miércoles, 8 de agosto de 2012

Pensamiento poético IV.


"Si no estás obligado a escribir, no estás obligado a ver". Por esto, y para crearme una disciplina que me obligue a estar más pendiente de lo que percibo, he decidido contarles, a manera de crónicas cortas, lo que pase en esta primera semana de clase y mis primeras impresiones sobre las nueve materias que debo ver este semestre. Y así comienzo.

Hoy empiezo la rutina que tendré que seguir durante los próximos cuatro meses. Después de una noche de perros gracias a mi estómago y a que me dormí como a la 1:00 a.m., me levanté a las 5:30 a.m., me hice una cola para no mojarme el pelo, me bañé, me vestí a toda y como se me había hecho tarde, me fui para la universidad con lo primero que encontré y con la misma cola que me había hecho en el pelo. Conclusión, hoy si me veía como “la hija de la peor mamá”. 

Salí a Transmilenio a las 6:00, había una fila espantosa para comprar tiquetes (al parecer ahora que bajaron las tarifas “Transmi” está lleno a todas horas) y como resultado de ello, terminé cogiendo el bus a las 6:21, pudo haber sido más tiempo, estuve muy de buenas porque el bus pasó rápido y desocupado, es decir, me pude subir. ¡Y contra todos los pronósticos llegué temprano! Eso si, después de empujones, arañazos, tirones y bocaos*. 

Recibí mi primer ADN del semestre y caminé hacia la universidad (casi me tropiezo con una hoja cruzando la 19). En el trayecto empecé a pensar: “mierda, este es un semestre nuevo, ergo es posible que no conozca a nadie y me sienta cual hongo”, pero luego recordé que gracias a Jebús tengo una gran capacidad para relacionarme con la gente y entonces me relajé. 

Subí al tercer piso del módulo 5, donde tenía clase, y me metí al salón que había consultado previamente en el horario rudimentario que armé para evitarme la fatiga de imprimir el del portal. Había mucha gente en el salón y el tipo estaba hablando de unos autores que yo no conocía, estas dos cosas se me hicieron extrañas pero no les paré bolas, lo que me hizo reaccionar fue que el profesor dijera que esa era la segunda clase, cuando mi materia solo se ve una vez por semana. Si, señoras y señores, estaba cual Davivienda, “en el lugar equivocado”. Pregunté a un chico que estaba detrás de mi “¿esto qué es?”, me contestó “física”, y yo ni corta ni perezosa salí pitada. Me fui a la facultad a preguntar qué había pasado, estaba cerrada. Me fui a las salas de cómputo para consultar de nuevo mi horario, pudiera ser que me hubiese equivocado al escribir, pero no, el salón era el correcto. Me fui de nuevo al aula, debajo del número de ella encontré un papel que decía: “Pensamiento Poético IV salón 350”, y me fui para allá.

Cuando entré al salón me recibió un señor canoso que por cierto me simpatizó de entrada al recordarme a mi papá, por su edad y por estar “de punta en blanco”. El tipo echó su cháchara durante tres horas, pero me gustó lo que decía. Se suponía que iba a acompañar su charla de imágenes, pero las condiciones del salón en el que estábamos no eran las adecuadas y a la facultad no le dio la gana de cambiarlo. Al llamarse la asignatura como se llama, uno se espera una carreta ladrilluda y pesada, que la clase sea meramente teórica y que haya que leer hasta lo que no se ha escrito (cosa que no me disgusta), pero en este caso las cosas serían muy diferentes. Si, don Mauricio Cruz nos recomendó algunos libros y autores, entre ellos Freud, Poe, Warburg y Conan Doyle, pero enfatizó en que NO era obligatorio leerlos, yo puntualizo en que así es mejor leer, sin la presión de “si no te sabes de memoria el texto, hago control de lectura y sacas cero”. La lectura es para disfrutarla, no para sufrir por ella, y menos por una causa tan pueril como una nota.

Uno sabe a qué hora entra a la Tadeo, pero no a qué hora sale. Lo digo porque supuestamente salía de clase a las 10 pero algunos imprevistos impidieron que viniera a casa directamente. Imprevistos como encontrarme con Raimundo y todo el mundo y quedarme “adelantando cuaderno”, como tener que ir a la facultad a arreglar mi grupo de Medios para poderla ver este semestre y no seguirme atrasando, y como tratar de donar sangre a unas cuadras de mi casa y no poder hacerlo por mi hipoglicemia, porque la enfermera temía que pudiera bajarse mi tensión y yo sufriera un desmayo.

Y aquí estoy, medio enferma desde ayer y esperando a ver qué sucede mañana.

Los dejo por el momento con la banda sonora de hoy, por obvias razones. Aclaro que la salsa me ha gustado desde siempre, porque no falta el pendejo que dice: “claro, como se murió ahora su música le gusta a todo el mundo”. 

Yo no soy todo el mundo. 

http://www.youtube.com/watch?v=pyViMcNDaxQ


*Fragmento tomado de la canción “Me Pintaré”, de Bebe, publicada en 2012 en su álbum “Un Pokito de Rocanrol”.

viernes, 3 de agosto de 2012

¿Listo para la U, Watson?

“Proyecto de ley busca prohibir que los colegios dejen tareas para la casa”. Con esta perla me encontré hoy navegando en internet. Y me obligó a escribir, si o si.

He de reconocer que, como muchos estudiantes de colegio, yo también detestaba hacer los trabajos extra clase. A mi también me parecían tediosos los informes de laboratorio de física, las ecuaciones de química, los trabajos para filosofía (sobre todo porque se resumían en copiar todo del libro sin siquiera detenerse a analizar qué se estaba leyendo), las funciones de cálculo, el cuaderno de creaciones literarias para español, el proyecto de grado, pasar derecho a final de periodo copiando del cuaderno de historia y geografía propiedad de algún mediocre y falto de conocimientos básicos en ortografía (teniendo por supuesto que cambiar las respuestas a los cuestionarios) y los pensamientos a favor de la vida en educación artística. Y qué decir de las mentes brillantes con las que me tocaba reunirme para los trabajos en grupo, pues como suele pasarnos a quienes somos considerados nerds o ñoños, salvo uno o dos personajes nos empacaban el trabajo entero a nosotros y ellos solo firmaban para aparecer frente al profesor como partícipes en el trabajo, así no hubiesen hecho un carajo. Pero también tengo que reconocer que todas esas infumables e infames tareas me prepararon para lo que ha sido hasta ahora mi vida universitaria.

Porque si, uno en el colegio está acostumbrado a prácticamente no hacer gran cosa y pasar decentemente (con una A de aceptable que debiera mas bien llamarse M de mediocre) el año. Uno muy dentro de si sabe que si no hace las tareas, no entrega a tiempo los trabajos, no se esfuerza lo suficiente, capa clase o hace copia, lo peor que puede suceder es que llamen a sus papás o acudientes y uno se gane su buen regaño e incluso un castigo. Pero en la universidad, definitivamente, las cosas son a otro precio.

Empecemos porque en la universidad poco o nada se ve la figura de los papás o acudientes, eso solo se nota a principio de semestre (a la hora de pagar la matrícula) o cuando a uno le ha pasado algo grave dentro del campus. En el alma máter asumirán siempre que uno es un adulto (aunque no pase de los 15 años) y que por tanto es responsable de lo que hace o deja de hacer. No es bueno esperar que por uno de sus errores llamen a la mamita a darle las quejas, sino más bien que por fin (quizás por primera vez en su vida) una situación en particular le de la oportunidad de afrontar las consecuencias de sus fallos.

Uno debería asumir desde el principio que todos sus profesores son una mierda. Que esas cacas que le tocaron como maestros en el colegio son unas santas palomitas comparados a las crápulas que le darán clase en la universidad. ¿Por qué? Porque esto le permitirá tener un poco más de responsabilidad con sus trabajos y obligaciones. Lo explicaré de la siguiente manera: en la universidad hay que hacer TODOS los trabajos (y como se supone que uno al fin está haciendo lo que le gusta, esto no debería causar escozor alguno) y hacerlos de la mejor manera posible. No es una esperanza válida creer que el profesor es una madre y que si a uno no le dio la gana de hacer el trabajo o no le quedó bien le van a dar la oportunidad de presentarlo después (aunque sea con una calificación menor). Hay casos aislados en que el profesor si es una madre, pero en el 80% de los casos si uno no presenta el trabajo se jode y le clavan un cero del tamaño de Eurasia que deja su nota del corte en el averno (a ver, dígame alguno de ustedes si es que es muy fácil levantar un cero, o un uno).

Ahora pasemos a las ausencias (y aquí si me declaro experta). En el colegio era fácil hacer que los papás le firmaran a uno una excusa muchas veces estúpida para no ir a clase, en la U no es tan sencillo. Si uno falla y llega a la siguiente clase diciendo cosas como: “se enfermó mi gato”, “tenía cólicos”, “estaba ayudando a la vecina con el trasteo” o “me dolía una pierna”, lo más probable es que tanto profesor como compañeros se le rían en la cara con gran carcajada y le claven su falla de todos modos. Y si usted tiene una excusa médica creíble, también es posible que en su universidad sean tan rabones de no tenérsela en cuenta y ponerle la falla de todas maneras. Lo triste del asunto es que por lo general cuando uno acumula cierta cantidad de inasistencias, por más que llore y suplique en su promedio del semestre aparecerá al frente del nombre de la asignatura en cuestión un lindo y hermoso cero y una leyenda que dice: “pérdida por fallas”. No hay nada peor que eso, es como cuando en un partido se pierde por W, lo sé por experiencia propia. Por eso les doy un consejo gratuito: traten de faltar a clase lo menos posible, porque pueda ser que tengan alguna emergencia durante el semestre y si eso pasa, es mejor que su saldo de fallas no lo tengan en rojo, o naranjita como diría mi abuelo.

Y el último caso que quiero mencionar es la llamada “copialina”, tan apreciada por algunos estudiantes ilustres. Hay que llamar las cosas por su nombre. Cuando uno copia en un examen, se llama fraude; cuando uno hace copy-paste en un trabajo, se llama plagio. Y en la universidad las consecuencias pueden ir desde que la prueba sea anulada o haya que repetir la tarea, hasta que el profesor reporte esto en la facultad y usted sea echado como un perro de la institución o incluso se gane una demanda y un carcelazo pendejo. Mejor no arriesgarse.

Y aquí es cuando ustedes se preguntarán, ¿a dónde quiere llegar esta mujer con toda esta cháchara obvia? A que decretos como el 230 (aquel que exige que el 95% de los estudiantes pase el año o sea, que pasen los mejores, los buenos, los no tan buenos, los malos y se cuelen ahí los menos peores) y proyectos de ley como el recientemente presentado no permiten que los estudiantes se preparen de la mejor manera para lo que luego será su paso por la universidad (eso asumiendo que será lo que los educandos hagan después de salir del colegio). Si así nada más al llegar a la U más de uno se va de jeta, no me quiero ni imaginar cómo serán la matanza y los estrellones para los bachilleres que salgan con esta legislación. Quisiera pensar que cada uno es autónomo de armar su maleta al ir creando buenos hábitos de estudio desde el colegio, y esperar que la gran mayoría lo haga con o sin leyes absurdas, pero con lo que he leído al respecto en las redes sociales no soy muy optimista que digamos al respecto. Eso si, listos o no, cuando llegue el tiempo la universidad llegará como Morfeo en The Matrix a decirles: “welcome to the real world”. Ustedes verán.

martes, 24 de julio de 2012

"Entre dos tierras estás..."


El sábado pasado fue un día de esos moviditos. Estaba sola en casa desde el viernes porque mi mamá había decidido irse de paseo con sus compañeros de trabajo y no me llevó (de todos modos, no tenía ganas de ir; no los conozco y no me interesa departir con ellos). Como es mi costumbre, no había dormido nada esa noche, no había podido dormir a pesar de tener mucho qué hacer ese día. Entró una llamada a mi celular como a las 10 de la mañana, era un viejo amigo de la iglesia a la que solía asistir hasta hace poco más de un año, la verdad me sorprendió porque aunque habíamos quedado de encontrarnos no pensé que me fuera a llamar. Nos pusimos la cita a las 5:00 al frente del café insignia de la iglesia (Coffee & Jesus) y aquí empieza la historia.

El resto de la mañana me quedé viendo House por internet (detesto verlo por Universal, detesto los comerciales), como a la 1 me puse a “coimear” (término peyorativo para la acción y efecto de hacer oficio) y a las 2:30 me entré a bañar. Sé que es estúpido lo que voy a decir, pero me preocupaba un poco que el pelo no se me alcanzara a secar para arreglármelo, pero si se pudo. Obvio, si no veía a este señor desde hacía tanto tiempo no quería que me viera como “la hija de la peor mamá” (si, aunque no parezca tengo las mismas preocupaciones e inseguridades en cuanto a mi apariencia que cualquier otra chica). Mientras se secaba mi pelo, terminé de hacer el oficio. Como a las 4:00, me cambié, me arreglé y a las 4:30 salí para la cita. Menos mal vivo relativamente cerca a la iglesia, otra de mis preocupaciones era llegarle tarde al personaje por aquello de “tu palabra es tu integridad”, pero llegué al punto de la hora.

Ahora bien, casi no lo encuentro, primero porque no es que precisamente se destaque de entre la gente, y segundo porque la iglesia estaba abarrotada de gente, cosa que no me esperaba al ser un sábado, por lo general el día de mayor movimiento es el domingo (¡no me digas!). Pero lo encontré, nos saludamos y nos fuimos caminando hacia el oriente buscando un lugar con menos gente para poder conversar de una manera más tranquila. Nos encontramos por casualidad con mi “primo” quien es un fiel seguidor de Jesús (y también asiste a la iglesia, por supuesto) y como que entre lo que hablamos se dio a entender que la charla entre este señor y yo tenía fines conversores. En fin. Caminamos con rumbo a la autopista, yo estaba tentada a decirle que fuéramos al Oma que queda en el teatro La Castellana (¿ya se van ubicando?) pero él me llevó a un sitio un tanto pintoresco que no se alejaba del todo (más bien para nada) de aquella estética cristiana que inundaba esas cuadras. Pedimos un par de jugos e inició la charla.


Como me lo empezaba a suponer desde que nos encontramos con mi “primo”, la charla desde un principio tuvo tintes religiosos. Bueno, eso de religioso lo digo a falta de una mejor palabra, porque no era una religión de lo que estábamos discutiendo precisamente, sino de una relación más cercana con Dios. Claro, la persona que según todo esto la necesitaba era yo, teniendo en cuenta que, como dije al principio, había dejado de asistir a la iglesia hace mucho tiempo, había dejado tirada mi formación cristiana y había mandado al carajo todo mi proceso; y hasta ese momento no quería saber nada de Dios ni de la vida cristiana que había dejado atrás (o por lo menos eso creía).

No voy a entrar a darles detalles minuciosos de mi charla con el personaje aquel, solo les diré que gracias a ese momento con él pude comprobar que esas personas cultas e inteligentes con las que suelo relacionarme (como las que quiero llegar a ser y en momentos creo ser también) si se encuentran en una iglesia; que no todos son una masa amorfa, un molde “perfecto”, tan solo un número más en la serie, las copias inexactas de Juan Muñoz y Tuti Vega (sin ánimo de ofender); y eso me gustó. También me gustó que me hablara como alguien con quien si bien no tengo una relación cercana por lo menos se interesó en “conocerme” lo suficiente como para darme un mensaje personal, no prefabricado o genérico. No me soltó la perorata que suele soltar el cristiano común cuando quiere convertirlo a uno a su religión o llevarlo de nuevo a ese camino: “Dios te ama”, “Dios tiene planes contigo”, “bla, bla, bla”, o lo que es peor, versículos bíblicos a diestra y siniestra (como si uno jamás hubiese leído la Biblia, por favor); a lo que yo solía contestar con un: “si, claro, ajá”, y por dentro respondía con un "esto lo he escuchado tantas veces que ya no me interesa".

Por lo anterior, debo decir que le creí, que por primera vez en mucho tiempo me puso a pensar seriamente en la posibilidad de volver a la iglesia. Todavía no sé si lo vaya a hacer o no, pero lo estoy pensando. Así que en este momento estoy como aquella canción de Héroes del Silencio que dice: “entre dos tierras estás, y no dejas aire que respirar”. Y si analizan bien la letra de esta canción, se darán cuenta que le cae muy bien a mi situación actual. Porque si, estoy entre quien soy en este presente y quien seré si sigo por este camino y quien puedo ser si me voy por ese camino que dejé atrás hace algún tiempo. ¿Será que se acerca mi día cero? Reitero, no lo sé, pero es probable que así sea. Mierda.