jueves, 26 de septiembre de 2013

No somos forever alone.

Este post puede quizá tomarse como la continuación del anterior, en el caso específico de las relaciones amorosas. Escribiré esto desde la perspectiva de una mujer que está soltera desde hace tiempo y que, créanme, no está desesperadamente buscando novio. Si usted está en las mismas que yo, esto es para usted; pero si usted está cuadrada con alguien, esto también le ayudará mucho.

Dejémonos de pendejadas. Hay muchas mujeres que a pesar de estar totalmente conscientes de que no somos las más feas o las más de malas, en algún momento nos sentimos así. Vemos que nuestras amigas (y amigos) están cuadradas, comprometidas, a punto de tener descendencia y mientras tanto nosotras andamos solas como champiñones. Las razones son muy diversas, desde que nuestro último "peor es nada" nos dejó de psiquiatra hasta que no pescamos ni un resfriado. Pero no se confundan, queridas lectoras, que no pretendo arreglarles la vida amorosa ni aconsejarles cómo salir de la soltería, sino desmitificarla un poco y ayudarles a que se relajen.

Primero, ¿tenemos que sentirnos mal por estar solteras? NO. La soltería en vez de ser ese momento en el que usted envidia a sus amigas y lamenta su mala suerte debería ser el momento en el que usted se goza más su vida. Permítame explicarlo más a fondo. Cuando usted no anda con nadie su tiempo, sus energías, su dinero son suyos, completamente suyos, y usted verá como los administra. Si se quiere pasar todo el día viendo películas sin bañarse junto a dos litros de gaseosa y muchos snacks, es su problema. Además, mientras otras están englobadas pensando en las de... su novio, usted puede concentrarse en su carrera/trabajo y en las cosas que realmente le interesan. Así que aproveche para anotarse en ese curso que le llamó la atención, vaya a comer a su restaurante favorito sola, organice reuniones con sus amigas (de preferencia solteras) y cómprese ese bolso con ese vestido que tanto le gustó.

Segundo mito: ¿se acabaron los hombres? TAMPOCO. No se desespere. No se pegue del primer estúpido que le dice "hola, qué bonita estás" solo por no sentirse sola. Mejor dicho, no se conforme con un tibio como Mr. Collins cuando Mr. Darcy puede estar esperando por usted en medio de la lluvia (se me salió mi lado romanticón, disculpen). Estando soltera, tómese su tiempo para determinar sus estándares de calidad en cuanto a hombres y nunca los baje, por el amor de Dios. Y por favor, no sienta que por llegar a determinada edad sola se le pasó el tren del amor y se tiene que quedar junto a su mamá tejiendo edredones, joder, que no estamos en el siglo XIX. Cuando uno toma la decisión de estar con alguien solo por no estar sola, casi siempre se terminan mal las cosas y uno acaba con una tusa estratosférica por no saber escoger. Fresca, uno casi siempre está en la posición de escoger.

Ahora, ya que usted escogió a su próxima víctima se preguntará: ¿tengo que cambiar mi manera de ser para que se fije en mí? DE NINGUNA MANERA. No faltará el hombre de cromañón que nada más al verla la sitúe en una categoría: la zorra, la machorra o la "que vale la pena". Permítame ahondar un poco en esta categorización. La zorra, según ellos, es la chica de escotes y minifalda, la de brillos, maquillajes y lentejuelas, la coqueta, la que les cae sin agüero, la de solo una noche. La machorra, para ellos, es la que solo tiene amigos hombres, la que viste con prendas masculinas, la que se comporta “igual” a ellos, a la que tratan como “uno de los chicos”. Sobra decir que nunca a estas dos las tomarán en cuenta para una relación, o al menos no una seria. Hay otras dos categorías que no mencioné anteriormente, la intelectual y la alternativa o chocoloca. A estas dos tampoco las tendrán en cuenta, a la primera por ser para ellos “demasiado intimidante” y a la segunda por ser “demasiado imprudente y loca para su gusto”.  Y bien, ¿cuál es la que si vale la pena según estos neandertales? Si usted le pregunta a cada uno de ellos, cada quien le dará una opinión diferente, y lo que reflejan con sus deducciones es que no tienen la menor idea de qué carajos quieren en una mujer, entonces no deberíamos tenerlos en cuenta. Para esta servidora todas las mujeres en nuestras diferentes maneras de ser valemos la pena, no solo por ser mujeres sino por el simple hecho de ser seres humanos. Y para mí, un hombre que me juzga o me pone en cierta categoría solo por el hecho de vestirme o actuar de alguna manera, es un hombre que no vale la pena y es un hombre que descarto desde el vamos. No me interesa un hombre por el cual yo tenga que modificar mis vestuarios, mis gustos, mis pensamientos, etc, porque el día de mañana ese mismo hombre pretenderá que cambie también mis valores y mis principios. De mejores fiestas me han echado.

Por último, ¿es cierto que para sentirme bien tengo que tener a alguien a mi lado? NO, Y MIL VECES NO. Me enerva que revistas, programas de televisión, películas y personas a mi alrededor perpetúen el mito de que cuando encuentre a mi hombre ideal y me case con él seré por fin completamente feliz por siempre jamás. Olvídese, si usted no se siente bien consigo misma y no disfruta de su soledad, nunca va a sentirse bien con otra persona, no será feliz ni mucho menos lo hará feliz a él. Entonces relájese, conozca mucha gente, bese sapos, y si es muy atrevida tenga aventuras de una noche, haga todo lo que puede hacer mientras está soltera, que no le va a durar toda la vida, se lo aseguro. Por otro lado, aumente su autoestima, tenga muy bien abiertos sus ojos, no se regale y si en algún momento llega el que para usted es el indicado, go for it! Sin mente.

jueves, 5 de septiembre de 2013

¡Me importa un carajo!

Después del boom mediático de mi anterior entrada, si es que a más de 200 visitas (¡gracias totales!) se le puede llamar así, no he estado muy segura sobre qué escribir. Había querido seguir por la línea de la crónica capitalina, quizá contarles sobre mis experiencias en "Transmi", pero después de contar mucho sobre busetas pensé que eso sería la repetición de la repetidera, si la sola idea me produce pereza no me imagino qué produciría en ustedes leerlo. En fin, eso me lleva al punto de este post: creo que en algún punto del camino se me perdió la idea original de este blog, contar cosas de mi vida y opinar estupideces, independiente de si alguien las leía o no. Así que me he propuesto volver a la carga con mi actitud belicosa inicial y por ello les digo lo siguiente: seguiré escribiendo lo que me dé la gana, si gustan leerlo es problema de ustedes, y si no están de acuerdo con lo que escribo me lo pueden decir de una manera respetuosa y así mismo responderé (a lo O-Ren Ishii), pero eso no significa que cambiaré de parecer.

Claro, a menos que eso sea solo un pajazo mental de mi parte para tranquilizarme. Uno muchas veces se dice "me importa cinco lo que los demás piensen", pero la mayoría de esas veces uno está tiempo después chequeando comentarios, mirando la cantidad de gente que ve las entradas, rumiando por una nota en la universidad, esperando que el tipo en cuestión por fin se decida a invitarlo a uno a salir y lamentando que no lo haga... ¿necesidad de aprobación a la vista? nooo, ¿pero por qué?

Por supuesto, no soy a la única a la que le pasa. Muchos estamos deambulando por la ciudad preguntándonos por qué si nos matamos las neuronas tratando de encontrar la inspiración suficiente para escribir algo medianamente decente nadie se toma la molestia de leerlo, o por qué si nos quemamos las pestañas haciendo un muy buen trabajo para la universidad nuestra nota no pasa del 3,5 (mientras otros que se dedicaron a lo que yo llamo "repito y repita lo que dice el texto" sacan hasta 5), o por qué si somos atractivos físicamente, sexys, inteligentes, divertidos, simpáticos y demás (tal vez no todo lo anterior se aplique a mí pero hagamos de cuenta que sí) no logramos tener una relación estable como muchas personas las tienen. Más bien deberíamos preguntarnos por qué ese tipo de cuestiones llegan a atormentarnos. Y he aquí la respuesta: porque lo estamos haciendo por las razones equivocadas.

Con esto me refiero a que todos los esfuerzos sobrehumanos que hacemos los estamos haciendo en función de los demás, no de nosotros mismos. Y les tengo malas noticias, mis queridos compañeros de batalla. Si estamos escribiendo en nuestros blogs para que la gente los lea, entonces estamos entrando en el mercantilismo absurdo de pensar en qué le gustaría leer a la gente y no en plasmar nuestros pensamientos, que es la función primaria de tener un espacio como este. Y muchas veces por estar pensando así estamos publicando estupideces y estamos creando entretenimiento banal en vez de crear escritos a base de nuestros argumentos que al menos dejen la semilla de la duda en los otros y los pongan a pensar, que sería el ideal, al menos de este blog.

Y cada vez que hacemos un trabajo en la universidad pensando en la nota (y no estoy diciendo que no sea importante sacar buenas notas, no es que nos volvamos mediocres, lo que digo es que ese no debería ser el propósito ulterior de los trabajos), nos estamos olvidando de lo verdaderamente importante, de la razón principal por la que estudiamos en una universidad y por la que (quien sea) nos está pagando una carrera, aprender. Créanme, si nos las supiéramos todas no “perderíamos” cinco años de nuestra vida estudiando, estaríamos ejerciendo la profesión de una vez, pero como no es así… además, cada vez que estamos pensando simplemente en los requerimientos de un profesor (y de nuevo, no estoy diciendo que no sea importante su opinión), estamos labrando nuestro camino a ser prostitutas del sistema. A trabajar en oficios que detestamos porque nos están pagando un sueldo (que muchas veces no nos pasa de los cinco primeros días del mes, pero esa es otra historia), a hacer diseños que no nos agradan por vendérselos al cliente, a hacer cierto tipo de obras de arte solo porque eso es lo que está de moda, etc. ¿Y nosotros qué, dónde quedamos? Nuestra autonomía como profesionales, como seres humanos, se habrá ido al traste.
    
Y lo más triste, si nos desgañitamos por conseguir que una persona nos quiera, después haremos un doble esfuerzo por mantener esa persona a nuestro lado, aún a costa de nuestros principios, aún a costa de lo que la universidad de la vida nos ha enseñado. Claro, usted sale con el personaje y se empeña en mostrarse cual pavo real, en enseñarle como usted es lo mejor que a este pobre ser humano le ha pasado en la vida. Se pone su mejor pinta, saca sus mejores modales, aprende a comer con la boca cerrada, trata de no poner los codos en la mesa, y trata también de mantenerse interesado en la conversación pueril del personaje, en sus gustos y opiniones; luce despreocupado/a, divertido/a, casual, hace todo lo que sus revistas tontas (o las de su mamá) le han dicho que haga. Y cuando ya usted lo atrapa, el individuo en cuestión hace lo que le da la reverenda gana con usted. Llega tarde (o no llega), le ignora deliberadamente, no le dedica tiempo, no le habla por ninguna red social, coquetea en forma descarada con otros/as, le pone los cachos, le golpea (o le insulta, es lo mismo aunque usted no lo crea)… y usted, muy sumiso/a, muy pendejo/a, se le aguanta todo porque muy para sus adentros piensa que si tan difícil fue atraparle, así de tenaz será que otro/a se deje echar la soga al cuello. Eso es un problema enorme de autoestima y autoconmiseración. Así que de manera atenta le aconsejo que la próxima vez que salga con alguien se relaje y no piense en si usted es adecuado/a para el otro sino en si el otro es indicado para usted. Tenga los ojos muy abiertos y dese cuenta que detrás de alguien no se debe correr, porque siempre vendrá alguien detrás, y no sienta jamás que se está quedando del tren.

Ejemplos en los que uno deja de actuar por su propia cuenta y se vuelve una marioneta circunstancial de los demás hay muchos más. Ahora, usted se preguntará: “¿y cómo hago para que lo que los demás piensen de mí no me afecte, para que de verdad me importe un carajo?” Sencillo. Según mis experiencias, esta fórmula me ha servido (a veces) para que no me afecte demasiado la opinión de otros sobre mí.

Tenga en cuenta que, y a riesgo de que suene clichudo, usted no es un billete de 50.000 pesos para que le guste a todo el mundo. Es más, ni siquiera Dios le gusta a todo el mundo, con eso le digo todo. Entonces, haga un recuento mental de sus valores, sus creencias, sus principios, su modo de ver la vida, sus pensamientos, sus opiniones; pégueselos al disco duro con Bóxer si es necesario y ¡ACTÚE DE ACUERDO A ELLOS, POR EL AMOR DE JESUCRISTO! Reitero, esto no le va a gustar a todos, y habrá gente a la que usted probablemente le caiga bien que alguna cosa que usted haga no le va a caer en gracia, pero no lo tome personal. En el momento que usted hace uso de su autonomía, se dará cuenta que todos tenemos derecho de usar la nuestra, y en ese orden de ideas podremos estar de acuerdo con usted o no, pero eso no es problema suyo. A la larga, la única persona con la que usted debe ser claro y coherente, es usted mismo. Eso es lo único que importa, nada más. 

Y por último, no espere nada de nadie, déjese sorprender, eso es más bonito.  

Ahí les dejo lo que Andrea Echeverri y Joan Jett tienen que decir al respecto: